7 de septiembre de 2026

ENTENDIENDO LA ANSIEDAD

ENTENDIENDO LA ANSIEDAD

Cuando la alarma interior no encuentra el botón de apagado

No siempre necesitas que desaparezca el miedo.
A veces necesitas aprender que puedes caminar a pesar de él.

 

¿Cuántas personas pueden estar viviendo con ansiedad?

           Los datos epidemiológicos disponibles en España muestran que en 2023 se registraron aproximadamente 111 casos de trastornos de ansiedad por cada 1.000 habitantes, alrededor del 11,1 % de la población

        Si trasladamos esta proporción, únicamente como estimación epidemiológica, a los aproximadamente 40.000 habitantes de Plasencia, estaríamos hablando de unas 4.400 personas con un trastorno de ansiedad registradoPero debemos interpretar esta cifra con cautela: lo diagnosticado no es necesariamente todo lo que existe.

  • Hay personas que sienten ansiedad y nunca consultan.
  • Personas que la normalizan.
  • Personas que piensan que «es su forma de ser».
  • Personas que la esconden.
  • Personas que buscan ayuda cuando el problema ya lleva años acompañándolas.

        Por eso, detrás de las cifras oficiales hay probablemente una realidad mucho mayor de sufrimiento emocional que no siempre llega a convertirse en un diagnóstico.
amenaza, un desafío o una situación que interpretamos como incierta. En determinadas circunstancias puede ser útil: nos prepara, aumenta nuestra atención y nos ayuda a responder.

            Y aquí aparece una pregunta importante: ¿Cuántas personas están intentando afrontar solas algo que ni siquiera saben nombrar? Porque quizá el primer paso para gestionar la ansiedad no sea aprender a combatirla, sino aprender a reconocerla, comprenderla y pedir ayuda cuando sea necesario.


¿Qué es realmente la ansiedad?


Sentir ansiedad forma parte de la experiencia humana. Es una respuesta de nuestro organismo ante una

El problema aparece cuando esa alarma permanece encendida demasiado tiempo, se activa con una intensidad desproporcionada o empieza a limitar nuestra vida. En los trastornos de ansiedad, el miedo y la preocupación pueden ser intensos, difíciles de controlar y suficientemente persistentes como para interferir en la vida cotidiana. La Organización Mundial de la Salud señala que los trastornos de ansiedad son los trastornos mentales más frecuentes a nivel mundial.


Ansiedad no es lo mismo
que estar nervioso


Estar nervioso antes de un examen, una entrevista, una intervención pública o una decisión importante puede ser completamente normal. La diferencia no está únicamente en sentir ansiedad, sino en cuánto dura, con qué intensidad aparece y cuánto condiciona nuestra vida.

La ansiedad puede convertirse en un problema cuando empezamos a organizar nuestra vida alrededor de evitar aquello que tememos: dejamos de hacer cosas, posponemos decisiones, necesitamos controlar constantemente lo que ocurre o vivimos anticipando que algo malo va a suceder.

Cuando la mente se adelanta al futuro


Una de las características más agotadoras de la ansiedad es su capacidad para fabricar futuros.

·       «¿Y si ocurre algo?»

·       «¿Y si no soy capaz?»

·       «¿Y si sale mal?»

·       «¿Y si pierdo el control?»


La persona puede encontrarse viviendo acontecimientos que todavía no han sucedido. El cuerpo reacciona ante una amenaza que, muchas veces, existe principalmente en nuestra anticipación.

La ansiedad no siempre dice: «Esto está ocurriendo». A menudo susurra: «Esto podría ocurrir». Y nuestro organismo puede responder como si ya estuviera sucediendo.



El cuerpo también habla


La ansiedad no vive solamente en nuestros pensamientos. También puede expresarse físicamente. Palpitaciones, tensión muscular, sensación de falta de aire, temblores, sudoración, molestias digestivas, mareo, inquietud, dificultad para dormir o problemas de concentración son algunas de las manifestaciones que pueden aparecer.

En una crisis de pánico, por ejemplo, la sensación de miedo puede ser súbita e intensa y acompañarse de síntomas físicos muy llamativos. Aunque la experiencia puede resultar aterradora, no todas las personas que tienen un ataque de pánico desarrollan un trastorno de pánico.



El círculo de la ansiedad


Muchas veces la ansiedad se mantiene a través de un círculo:

PENSAMIENTO → EMOCIÓN → RESPUESTA FÍSICA → CONDUCTA → MÁS MIEDO

·       Pienso que algo malo puede ocurrir.

·       Siento miedo.

·       Mi cuerpo se activa.

·       Evito la situación para sentirme seguro.

·       La evitación me alivia momentáneamente.

·       Pero mi cerebro aprende que aquello era peligroso.

·       La próxima vez, la ansiedad puede aparecer todavía antes.


Por eso, evitar siempre aquello que nos genera ansiedad puede aliviar a corto plazo, pero mantener el problema a largo plazo.




No todo se soluciona diciéndole a alguien «relájate»


Cuando una persona está atrapada en la ansiedad, frases como «no pienses en eso», «tranquilízate» o «no es para tanto» suelen quedarse muy lejos de lo que está experimentando.

La ansiedad no se apaga simplemente porque alguien nos diga que no deberíamos sentirla.

Acompañar significa escuchar sin juzgar, validar el malestar y ayudar a buscar recursos. Significa transmitir:

·       «Te creo».

·       «Estoy aquí».

·       «No tienes que resolverlo todo ahora».

·       «Vamos a buscar ayuda si la necesitas».


¿Se puede aprender a gestionar la ansiedad?

Sí. Y quizá esta sea una de las ideas más importantes que debemos entender.

La ansiedad no siempre se combate intentando hacerla desaparecer. Muchas veces aprendemos a gestionarla cuando conseguimos comprender qué nos está ocurriendo, reconocer nuestras señales de alarma y adquirir herramientas para responder de otra manera.

Cuando aparece la ansiedad, nuestra primera reacción puede ser buscar algo que la haga desaparecer rápidamente. A veces puede ser una medicación. Otras veces puede ser evitar aquello que nos preocupa, distraernos continuamente, buscar que otras personas nos tranquilicen o intentar controlar cada detalle de nuestra vida.

El problema es que algunas de estas estrategias pueden proporcionarnos alivio inmediato, pero no necesariamente nos enseñan qué hacer la próxima vez que aparezca la ansiedad.

Por eso es importante construir un repertorio propio de recursos.

Aprender en lugar de únicamente apagar

La psicoterapia, especialmente las intervenciones basadas en la terapia cognitivo-conductual, tiene una sólida evidencia para el tratamiento de diferentes trastornos de ansiedad. Estas intervenciones ayudan a identificar pensamientos que alimentan la preocupación, modificar patrones de conducta y aprender a enfrentarse progresivamente a aquellas situaciones que generan miedo, en lugar de vivir permanentemente evitándolas.

Y esto supone un cambio importante:

No se trata solamente de conseguir que la ansiedad baje.
Se trata de aprender qué hacer cuando la ansiedad aparece.

Porque probablemente volverá a aparecer en algún momento. La cuestión no es conseguir una vida sin ansiedad. La cuestión es conseguir que la ansiedad deje de dirigir nuestra vida.


8 herramientas básicas de afrontamiento


1. Aprender a reconocerla

El primer paso es identificar nuestras señales de alarma.

¿Qué ocurre en mi cuerpo?

¿Dónde noto la tensión?

¿Qué pensamientos aparecen?

¿Qué situaciones suelen activar mi ansiedad?

¿Qué hago después?

Reconocer el patrón nos permite pasar de: «No sé qué me está pasando» a: «Estoy reconociendo lo que me está pasando y puedo empezar a actuar sobre ello».

Poner nombre a la experiencia puede ser el comienzo de recuperar cierta sensación de control.

2. Aprender a respirar y a bajar la activación

Cuando estamos ansiosos, nuestro organismo puede entrar en un estado de alerta.

Aprender técnicas de respiración lenta, relajación muscular y otras estrategias de regulación puede ayudarnos a reducir esa activación. La OMS incluye las técnicas de relajación y la atención plena entre las estrategias que pueden ayudar a reducir los síntomas de ansiedad.

No se trata de utilizar la respiración como un «botón mágico». Se trata de enseñarle progresivamente a nuestro organismo que no toda sensación de alarma significa que existe un peligro inmediato.

3. Aprender a cuestionar nuestros pensamientos

La ansiedad tiene una extraordinaria capacidad para adelantarse al futuro. «¿Y si ocurre algo?» «¿Y si no soy capaz?» «¿Y si sale mal?» «¿Y si pierdo el control?»

Pero una posibilidad no es una certeza. Aprender a diferenciar lo que sé, lo que creo y lo que temo puede ayudarnos a poner distancia entre nuestros pensamientos y la realidad.

No necesitamos convertir todos nuestros pensamientos negativos en pensamientos positivos. Necesitamos aprender a hacerlos más realistas y menos amenazantes.

4. Dejar de alimentar la evitación

Uno de los aprendizajes más importantes en la ansiedad es comprender el papel de la evitación. Si algo me produce miedo ysiempre huyo de ello, probablemente sentiré alivio. Pero mi cerebro puede aprender: «He estado a salvo porque he escapado».

Y la próxima vez puede aumentar todavía más la alarma. Por eso, determinadas terapias utilizan la exposición progresiva, ayudando a la persona a enfrentarse de manera gradual y segura a aquello que teme. La OMS identifica la terapia de exposición como una intervención basada en principios cognitivo-conductuales para distintos trastornos de ansiedad.

No se trata de lanzarnos de golpe contra aquello que nos asusta. Se trata de aprender, progresivamente y con el acompañamiento adecuado, que podemos tolerar sensaciones que antes interpretábamos como insoportables.

5. Recuperar el cuerpo

Nuestro estilo de vida también forma parte de nuestra salud emocional. Dormir de manera regular, mantener una alimentación adecuada, realizar actividad física y reducir sustancias que pueden empeorar la ansiedad son medidas que pueden ayudar.

La OMS recomienda hábitos regulares de sueño y alimentación, ejercicio frecuente y reducción del consumo de alcohol y otras sustancias. El ejercicio, además, no debería entenderse únicamente como una forma de «distraerse». Mover el cuerpo también puede ser una forma de cuidar nuestra salud mental.

6. Entrenar la atención

La ansiedad suele llevarnos hacia el futuro. Nos coloca constantemente en el: «¿Y si…?» La atención plena puede ayudarnos a regresar al: «¿Qué está ocurriendo ahora?»

No significa dejar la mente en blanco. Significa aprender a observar pensamientos, emociones y sensaciones sin tener que reaccionar automáticamente ante cada uno de ellos.

La evidencia disponible respalda el uso de técnicas de mindfulness y relajación como herramientas que pueden ayudar a manejar los síntomas, aunque no deben presentarse como una solución universal ni sustituir tratamientos cuando estos son necesarios.

7. Aprender a tolerar cierta incertidumbre


Quizá uno de los grandes aprendizajes frente a la ansiedad sea este: No podemos controlar todo lo que nos ocurre. Y cuanto más intentamos controlar aquello que no podemos controlar, más puede crecer nuestra ansiedad. Aprender a convivir con cierta incertidumbre no significa resignarnos. Significa aceptar que existe una parte de la vida que no podemos garantizar y, aun así, podemos seguir adelante. No necesito saber que todo va a salir bien para saber que podré afrontar lo que ocurra.

8. Recuperar nuestra red de apoyo

La ansiedad puede hacernos aislarnos. Hablar con alguien de confianza, mantener relaciones significativas y pedir ayuda profesional cuando sea necesario también forma parte del afrontamiento.

No tenemos que convertir el afrontamiento de la ansiedad en una batalla individual. Pedir ayuda no significa haber fracasado. Significa utilizar un recurso.

¿Y qué lugar ocupa la medicación?

Aquí también debemos alejarnos de los extremos. La medicación no es el enemigo.

Hay personas con trastornos de ansiedad para las que puede estar indicada y ser beneficiosa. La decisión debe individualizarse teniendo en cuenta la situación clínica, las preferencias de la persona, los posibles efectos adversos y otras circunstancias.

Pero también debemos evitar transmitir la idea de que ante cualquier ansiedad la primera respuesta tiene que ser «toma algo para que se te pase».

Especialmente porque algunos medicamentos, como las benzodiacepinas, tienen riesgos de tolerancia y dependencia y no se recomiendan como tratamiento habitual a largo plazo de los trastornos de ansiedad.

Por eso quizá podamos plantearlo de otra manera: No se trata de medicación sí o medicación no. Se trata de preguntarnos: «¿Qué herramientas necesita esta persona para recuperar el control de su vida?»

Y esas herramientas pueden incluir psicoterapia, educación sobre la ansiedad, exposición, regulación emocional, respiración, relajación, ejercicio, sueño adecuado, mindfulness, apoyo social y, cuando esté indicado, tratamiento farmacológico.

La propia OMS señala que existen intervenciones psicológicas estructuradas y programas de autoayuda basados en evidencia que pueden ayudar a las personas a manejar el malestar psicológico y los síntomas de ansiedad.



Pedir ayuda también es una forma de cuidarse


No necesitamos esperar a estar al límite para pedir ayuda. Si la ansiedad empieza a interferir de manera significativa en el trabajo, los estudios, las relaciones, el descanso o las actividades cotidianas, es recomendable hablar con un profesional de la salud.

Pedir ayuda no significa que seas débil. Significa que has decidido dejar de luchar a solas contra algo que merece ser atendido.


La solución no siempre consiste en conseguir algo que haga desaparecer nuestra ansiedad. A veces consiste en aprender algo que nos permita atravesarla.

Porque si cada vez que aparece la ansiedad necesitamos algo externo para hacerla desaparecer, quizá nunca lleguemos a descubrir una de las cosas más importantes: que también podemos aprender a sostenernos cuando llega.

Gestionar la ansiedad no significa no sentir miedo. Significa aprender que podemos sentir miedo y, aun así, seguir caminando.


Y quizá debamos recordar algo importante…



La ansiedad no define quién eres.

Es una experiencia que estás atravesando, no tu identidad.

A veces no necesitamos luchar contra nuestra alarma interior. Necesitamos aprender a escucharla, comprenderla y enseñarle que no todo es peligro.

«No necesitas que te digan que te tranquilices;

necesitas que alguien te ayude a sentirte seguro.»



Por José Manuel Párraga Sánchez

Doctor en Psicología por la Universidad de Extremadura








5 de septiembre de 2026

Del «YO» AL «NOSOTROS» o... como despolarizar.



 ¿Qué ocurre cuando nuestras creencias dejan de ser individuales y pasan a convertirse en creencias de grupo?

Quizá aquí encontremos una de las claves para comprender la polarización de nuestra sociedad.

Porque nuestro cerebro no solo construye un «yo». También construye un «nosotros».

Y cuando aparece un «nosotros»… con demasiada facilidad aparece un: «ellos».

Ellos piensan mal.

Ellos están equivocados.

Ellos son el problema.

Ellos son diferentes.

Y poco a poco dejamos de discutir sobre ideas, para empezar a enfrentarnos con personas.

Las relaciones entre grupos pueden mejorar cuando existe: contacto, cooperación, empatía y objetivos compartidos.

Pero hay algo todavía más interesante:

NO NECESITAMOS PENSAR IGUAL PARA SENTIR QUE FORMAMOS PARTE DEL MISMO «NOSOTROS».

Podemos tener ideologías diferentes. Creencias diferentes. Religiones diferentes. Formas diferentes de entender la sociedad.

Incluso podemos estar profundamente en desacuerdo.

Y, aun asi, seguir reconociéndonos como personas.

Esto es fundamental.

Porque una sociedad no se rompe simplemente porque existan opiniones diferentes. Se rompe cuando empezamos a pensar que quien opina diferente merece menos respeto, menos dignidad o menos humanidad.

Y aquí aparece una paradoja:

SOMOS UNA ESPECIE EXTRAORDINARIAMENTE SOCIAL.

Las hormigas cooperan.

Las abejas cooperan.

Los lobos cooperan.

Muchas especies han desarrollado formas extraordinarias de organización colectiva.

Pero nosotros tenemos algo más: podemos preguntarnos por qué cooperamos.

Podemos cuestionar nuestras propias creencias.

Podemos escuchar argumentos que contradicen los nuestros.

Podemos cambiar de opinión.

Podemos imaginar cómo se siente otra persona.

Podemos elegir no convertir al diferente en enemigo.

Y quizá ahí esté una de nuestras mayores diferencias:

NO TENEMOS QUE SER IGUALES PARA PODER ESTAR JUNTOS.

De hecho, una sociedad verdaderamente avanzada no debería medir su madurez por cuánto consigue que sus ciudadanos piensen igual, sino por su capacidad para convivir con el desacuerdo sin convertirlo en odio.

Si una persona puede aprender nuevas formas de interpretar y responder…

también una sociedad puede aprender nuevas formas de relacionarse.

Quizá el problema no sea que existan demasiadas diferencias.

Quizá el problema sea que hemos aprendido a mirar las diferencias como amenazas.

Y cuando vemos una amenaza…

nos defendemos.

Atacamos.

Nos cerramos.

Buscamos argumentos que confirmen nuestra posición. Y... dejamos de escuchar.

¿CÓMO ROMPER EL CÍRCULO?

No intentando que todos pensemos igual.

Sino recuperando algo mucho más básico: la curiosidad.

Antes de responder:

«¿Cómo puedes pensar eso?»

preguntar:

«¿Qué te ha llevado a pensarlo?»

Antes de etiquetar:

«Es de los otros».

recordar:

«Es una persona».

Antes de buscar lo que nos separa: buscar aquello que compartimos.

Y antes de preguntarnos:

«¿Quién tiene razón?»

preguntarnos:

«¿Qué podemos construir juntos a pesar de nuestras diferencias?»

Porque los grandes desafíos humanos no entienden de bandos.

La enfermedad no pregunta a quién votas.

La soledad no pregunta qué ideología tienes.

El dolor no pregunta qué religión profesas.

El cambio climático, que a lo mejor es inevitable, no pregunta de qué grupo eres.

Y cuando alguien que queremos sufre…

de repente muchas de nuestras etiquetas pierden importancia.


QUIZÁ NECESITEMOS RECORDAR QUE ANTES QUE «LOS UNOS» Y «LOS OTROS»… SOMOS PERSONAS.

Personas con miedo. Con esperanzas. Con heridas. Con prejuicios. Con contradicciones. Con historias diferentes.

Pero también con una necesidad profundamente humana: sentir que pertenecemos.

La polarización se alimenta cuando convertimos la identidad en una trinchera.

La convivencia comienza cuando somos capaces de construir una identidad más grande:

«PODEMOS SER DIFERENTES Y SEGUIR SIENDO NOSOTROS».

No se trata de renunciar a nuestras convicciones.

Se trata de no convertirlas en armas contra quienes no las comparten.

Porque una sociedad avanzada no es aquella en la que todos piensan igual.

ES AQUELLA EN LA QUE PODEMOS PENSAR DIFERENTE SIN DEJAR DE CUIDARNOS. Y eso es demostrable cuando sucede una catastrofe ¿Verdad?

Quizá esa sea la verdadera evolución: pasar del «yo contra ti» al «tú y yo podemos no estar de acuerdo… y aun así construir un nosotros». 

Tu cerebro crea categorías. Tu empatía puede ampliarlas. La cooperación puede unirlas. Y nuestras decisiones construyen la sociedad en la que vivimos.

Porque quizá seamos más complejos que las hormigas, pero la verdadera pregunta no es si somos capaces de organizarnos mejor que ellas. La pregunta es si somos capaces de hacer algo que requiere mucha más inteligencia:

cooperar sin dejar de ser diferentes.


No necesitamos pensar igual para caminar juntos. Necesitamos recordar que, antes de ser «ellos» y «nosotros», somos seres humanos en sociedad.


Por José Manuel Párraga Sánchez 

(Si te parecen oportunas estas líneas comparte, incluso solo el texto, y si quieres hasta puedes no utilizar mi nombre y hacerlo tuyo)

25 de agosto de 2026

La fórmula equivocada de la felicidad


Durante mucho tiempo nos enseñaron una fórmula que parecía incuestionable:

Éxito = Felicidad.

«Cuando consiga ese trabajo, seré feliz».

«Cuando termine este proyecto, seré feliz».

«Cuando tenga más dinero, cuando me jubile, cuando consiga aquello que tanto deseo… entonces seré feliz».

Pero quizá llevamos demasiado tiempo haciendo las cuentas al revés. Como plantea Bruce Lipton, no es necesariamente el éxito el que alimenta la felicidad. Muchas veces es precisamente la felicidad, el bienestar y la forma en que interpretamos nuestra realidad lo que alimenta el éxito.

Shawn Achor, investigador de Harvard, estudió durante años la relación entre felicidad, optimismo y rendimiento y sus conclusiones resultan fascinantes: cuando una persona empieza desde un estado mental más positivo, no solo se siente mejor. También puede mejorar su rendimiento, su capacidad de aprendizaje, su creatividad, sus relaciones y su capacidad para afrontar los problemas.

Es decir, no tenemos que esperar a que la vida vaya bien para sentirnos bien.

Podemos empezar por cambiar la manera de mirar la vida.

Imagina dos personas caminando hacia la misma montaña.

Una piensa: Cuando llegue a la cima, entonces descansaré. Entonces disfrutaré. Entonces sentiré que todo ha merecido la pena. La otra camina observando el paisaje. Se detiene cuando puede. Comparte el camino. Se ríe. Agradece el aire. Ayuda a quien tropieza.

Curiosamente, quizá ambas lleguen a la cima.

Pero solo una habrá disfrutado del viaje.

Y aquí aparece algo todavía más poderoso: las conexiones sociales. Nuestra felicidad no vive únicamente dentro de nuestra cabeza. Somos seres profundamente sociales. Las relaciones significativas, el apoyo, la confianza y sentirnos conectados con otras personas tienen un enorme impacto sobre nuestro bienestar y nuestra capacidad para afrontar los desafíos.

Por eso quizá el éxito no debería medirse solamente por aquello que conseguimos.

Tal vez también deberíamos preguntarnos:

¿En quién me estoy convirtiendo mientras lo consigo?

Porque podemos ganar una fortuna y sentirnos pobres.

Podemos alcanzar una meta y sentirnos vacíos.

Podemos subir hasta lo más alto y descubrir que estamos completamente solos.

Y también puede ocurrir lo contrario.

Podemos tener menos de lo que soñábamos y sentir que tenemos muchísimo.

Podemos atravesar una dificultad y descubrir una fortaleza que desconocíamos.

Podemos envejecer y, sin embargo, conservar una mirada joven sobre la vida.

De hecho, la investigación sobre envejecimiento psicológico sugiere que una actitud más positiva y optimista se relaciona con mejores resultados de salud y funcionamiento a lo largo del tiempo. La edad suma años; nuestra manera de vivirlos puede sumar vida.

Quizá por eso deberíamos dejar de decir:

«Seré feliz cuando consiga…»

Y empezar a decir:

«Voy a aprender a ser feliz mientras camino hacia…»

Porque la felicidad no debería ser la medalla que recibimos al llegar a la meta. Puede ser la energía que nos ayuda a llegar.

Y entonces comprendemos que la fórmula estaba invertida.

No siempre es:

Éxito → felicidad.

Muchas veces puede ser:

Optimismo + vínculos + propósito + bienestar → mayor capacidad para afrontar la vida → mejores posibilidades de éxito.

Así que hoy, antes de perseguir otra meta, quizá deberíamos hacernos una pregunta diferente:

¿Qué puedo hacer hoy para sentirme un poco más vivo?

  • Una conversación.
  • Un abrazo.
  • Una sonrisa.
  • Un paseo.
  • Un agradecimiento.
  • Una mano tendida.

Porque quizá la felicidad no esté esperándonos al final del camino. Quizá lleve todo este tiempo caminando a nuestro lado. Y quizá el verdadero éxito consista, sencillamente, en darnos cuenta antes de llegar a la cima.


José Manuel Párraga Sánchez 

Gestión Emocional 3.0

19 de agosto de 2026

Las heroínas que todos llevamos dentro


A veces creemos que para sentirnos mejor necesitamos cambiar nuestra vida entera. Y quizá no. Quizá lo que necesitamos es aprender a escuchar a las pequeñas heroínas que ya viven dentro de nosotros.

La dopamina nos recuerda que merece la pena avanzar, incluso cuando el camino parece demasiado largo. Es la que susurra: «Un paso más».

La serotonina nos ayuda a encontrar equilibrio, a reconocer lo que somos y a sentir que, por un instante, estamos exactamente donde necesitamos estar.

Las endorfinas aparecen cuando el cuerpo necesita recordarnos que también sabemos resistir. Son esa fuerza que convierte el esfuerzo en satisfacción y el dolor en una oportunidad para seguir.

La oxitocina nos recuerda algo todavía más poderoso: nadie debería atravesar la vida completamente solo. Un abrazo, una mirada, una mano tendida, cuidar y sentirnos cuidados… también son medicina.

Y está la noradrenalina, nuestra señal de alarma. La que nos despierta cuando necesitamos reaccionar, concentrarnos y afrontar aquello que amenaza con desbordarnos.

Pero incluso las heroínas necesitan aprender a trabajar en equipo.

Porque no se trata de tener más dopamina, más serotonina o más noradrenalina. Se trata de regularlas.

Y ahí aparece el GABA.

No es el héroe que corre hacia el peligro.
Es quien, cuando todo empieza a arder, entra en escena y dice:

«Respira. No todo necesita una respuesta ahora.»

Gestionar nuestras emociones no significa apagar lo que sentimos. Significa aprender cuándo avanzar, cuándo parar, cuándo pedir ayuda, cuándo abrazar y cuándo dejar que el silencio haga su trabajo.

Por eso, cuando alguien me pregunta cómo puede ayudar a otra persona, mi respuesta es sencilla:

Haz más fuertes a sus heroínas.

Ayúdale a encontrar motivos para avanzar.
Personas con las que conectar.
Momentos que disfrutar.
Espacios para descansar.
Razones para confiar.
Y herramientas para volver a la calma.

Porque quizá la verdadera gestión emocional no consiste en luchar contra nuestras emociones.

Consiste en enseñarles a trabajar juntas.

Y entonces ocurre algo extraordinario: No necesitas convertirte en otra persona.

Solo necesitas aprender a cuidar mejor de quien ya eres.

Gestión Emocional 3.0
Porque vivir es fácil. Lo difícil… es hacerlo fácil.

15 de agosto de 2026

Tú eres esa Estrella

 


Era una tarde de agosto, calurosa, de esas que parecen detener el tiempo. Buscando entre mis cosas apareció, olvidada entre folios amarillentos, una vieja viñeta. Y con ella, una frase:

«A veces perderse es la mejor manera de encontrarse con uno mismo».

¡Cristo bendito! Hay casualidades que parecen causalidades. Porque sigo creyendo que, cuando uno busca de verdad, termina encontrando.


Me quedé pensando en aquello de la independencia emocional.

¿Cuánto de independiente emocionalmente he sido en mi vida?

No siempre tanto como hubiera querido. Pero tampoco tan poco como parece ser la norma. Nunca he sido un «tacaño emocional». A veces resulta más cómodo no implicarse, no sentir demasiado, no arriesgarse. Pero no.

Implicarse es vivir.


Entonces recordé a Henley:

«Yo soy el dueño de mi destino y el capitán de mi alma».

Y volví a mirar la viñeta.

Un niño, en mitad de la noche, levantaba la cabeza hacia las estrellas.


¿Recordáis cuando éramos niños y las mirábamos?

Yo sí.

Pero en realidad no mirábamos las estrellas.

Mirábamos una sola.

No tenía que ser la más grande, ni la más brillante, ni la más especial del firmamento.

Era especial porque nosotros la habíamos elegido.

Eso también es independencia emocional: aprender a mirar hacia dentro, elegir nuestro camino y no vivir pendientes de qué estrella quieren que miremos los demás.


Hay demasiadas personas que pasan la vida contemplando un cielo que otros han elegido para ellas.


Agosto llega con sus Perseidas, con cientos de estrellas fugaces cruzando la oscuridad.

Pero no esperes a que pase una 

Esta noche, si puedes, busca un lugar oscuro. Levanta la mirada. Respira.

Y entre todas esas estrellas, elige una.

Solo una.

La que tú quieras.


Porque quizá la estrella más importante del firmamento no sea la que más brilla. Quizá sea aquella hacia la que decides mirar.


Y recuerda:

Tú eres esa estrella.


José Manuel Párraga Sánchez

Gestión Emocional 3.0


12 de agosto de 2026

La magia de la vida


Esta mañana, mientras tomaba un café en mi lugar de trabajo, me encontré con un pequeño mensaje escondido en un sobre de azúcar:

«Muchas veces enfocamos la vida como un espectáculo de magia, intentando descubrir el truco, y olvidando lo más importante… disfrutar de ella.»

Me quedé mirándolo unos segundos.

Quizá porque hoy, 12 de agosto, hace exactamente un año que comenzó aquel incendio de Jarilla que convirtió el paisaje en humo y fuego.

Un incendio que provocó miedo, incertidumbre y mucha angustia en tantas personas que vivían cerca… personas que, durante aquellos días, también estaban bajo mi responsabilidad como enfermero.

Recuerdo aquella sensación de no saber qué iba a ocurrir. El fuego avanzaba. La gente preguntaba. El miedo se respiraba.

Y nosotros solo podíamos intentar hacer nuestro trabajo, acompañar, proteger y estar allí.

Hoy ha pasado un año. Y quiero pensar que este verano no tendremos que volver a mirar el cielo buscando columnas de humo. Que no habrá fuegos como aquel. Que las próximas semanas nos regalarán tranquilidad.

Pero hoy el cielo volverá a oscurecerse y no será por el fuego. Será por la Luna.

Hoy, 12 de agosto de 2026, un eclipse total de Sol cruzará España. Y me parece una maravillosa metáfora de la vida. Porque el mismo cielo que un día nos hizo mirar hacia arriba con miedo, hoy nos invita a hacerlo con asombro.

La oscuridad no siempre significa que algo se está quemando, a veces significa que está ocurriendo algo extraordinario.

Y quizá ahí esté la verdadera lección de aquel pequeño sobre de azúcar. Nos pasamos demasiado tiempo intentando entenderlo todo.

¿Por qué ocurrió aquello?

¿Por qué me pasó a mí?

¿Qué habría sucedido si…?

¿Y qué ocurrirá mañana?

Preguntas necesarias algunas veces. Pero no todas. Pero no siempre.

Porque mientras buscamos respuestas, la vida está sucediendo delante de nosotros.

Un café.

Una conversación.

Una persona que queremos.

Un bosque de robles con una chorrera de agua donde el año pasado solo había cenizas.

El sonido de una pequeña cascada.

Un cielo que cambia de color.

Un eclipse que dura apenas unos minutos.

Y un día descubrimos que aquello que estábamos intentando comprender… era precisamente aquello que debíamos estar disfrutando.


Así que hoy, cuando el Sol desaparezca un poco detrás de la Luna, quiero acordarme de algo:

No quiero buscar el truco.

Quiero disfrutar de la magia.

Porque quizá la vida no necesite tantas explicaciones. Quizá, simplemente, necesite que estemos presentes para verla.


Hoy no miremos al cielo con miedo. Miremos al cielo con asombro.

Y disfrutemos.

Porque la magia de la vida… no siempre necesita ser entendida. A veces solo necesita ser vivida.


José Manuel Párraga Sánchez

Gestión Emocional 3.0

10 de agosto de 2026

EL ECLIPSE Y EL SOBRE DE AZÚCAR

Hay días en los que la vida no necesita darnos una gran respuesta. Le basta con dejarnos una pequeña pista.

A mí me llegó en forma de un sobre de azúcar.

No tenía nada de especial. Blanco, pequeño, de esos que normalmente abres sin pensar mientras esperas un café. Pero aquel día, al mirarlo, encontré una frase que parecía haber sido escrita para mí: «Si no está en tus manos, que no esté en tu cabeza».

Y entonces comprendí algo que sabemos muchas veces, pero que olvidamos precisamente cuando más lo necesitamos: hay preocupaciones que no podemos solucionar, situaciones que no podemos controlar y personas cuyo comportamiento no podemos dirigir. Sin embargo, nuestra mente insiste en llevárselas a casa, sentarlas a la mesa y darles alojamiento gratuito.

Nos preocupamos por lo que ya ocurrió. Anticipamos lo que todavía no ha sucedido. Repetimos conversaciones que nunca tendremos. Imaginamos problemas que quizá jamás aparezcan. Y, mientras tanto, agotamos nuestra energía intentando controlar lo incontrolable.

Ese día pensé que quizá la frase del sobre no hablaba de rendirse. Hablaba de elegir.

Elegir qué merece mi atención. Qué merece mi esfuerzo. Qué merece una respuesta. Y, sobre todo, qué no merece seguir ocupando espacio dentro de mí.

Porque soltar no significa que algo no importe. Significa comprender que no todo lo que importa depende de nosotros.

Y entonces apareció otra imagen en mi cabeza: un eclipse.

El 12 de agosto, el cielo nos recordará algo extraordinariamente sencillo. Durante unos minutos, la Luna se colocará delante del Sol y nuestra percepción de la luz cambiará. El Sol seguirá ahí. No habrá desaparecido. Simplemente, algo se habrá interpuesto entre nosotros y su luz.

¿No hacemos a veces exactamente lo mismo con nuestra propia vida?

Permitimos que una preocupación tape nuestra alegría. Que una decepción eclipse todo lo bueno. Que una persona ocupe tanto espacio en nuestra cabeza que terminemos olvidando a todas las demás que sí nos aportan luz. Que un problema temporal nos haga pensar que nuestra vida entera se ha oscurecido.

Pero el Sol no deja de existir porque durante unos minutos no podamos verlo como antes.

Y tú tampoco dejas de ser tú porque estés atravesando un momento difícil.

Esta es, para mí, una de las claves de la Gestión Emocional 3.0: no se trata de conseguir una vida sin problemas. Se trata de aprender a distinguir entre aquello que podemos transformar y aquello que debemos aprender a soltar.

Pregúntate: ¿esto está en mis manos?

Si la respuesta es sí, actúa. Da un paso. Habla. Decide. Cambia. Pide ayuda. Haz lo que esté a tu alcance.

Pero si la respuesta es no, quizá haya llegado el momento de hacer algo mucho más difícil: dejar de luchar mentalmente contra ello.

Porque hay batallas que no se ganan luchando más, sino dejando de luchar.

A veces, cuidar nuestra salud emocional consiste simplemente en cerrar una puerta que nuestra mente lleva horas intentando abrir.

Respira.

Mira lo que sí tienes delante.

Vuelve al presente.

Pon tu energía donde realmente puede producir un cambio.

Y recuerda que aceptar que algo no depende de ti no es debilidad. Es inteligencia emocional. Es recuperar el poder que estabas entregando a aquello que no podías controlar.

Quizá por eso aquel pequeño sobre de azúcar terminó pareciéndome mucho más grande de lo que era.

Porque contenía una idea capaz de endulzar algo que a veces resulta muy amargo: no necesito controlar todo lo que sucede para poder estar bien.

Hay cosas que están en mis manos.

Y hay otras que no.

Las primeras merecen mi acción.

Las segundas merecen mi aceptación.

Y entre ambas existe un espacio maravilloso: mi libertad para decidir dónde pongo mi atención.

Así que cuando llegue el eclipse, quizá podamos mirarlo de otra manera.

No como un momento en el que desaparece la luz, sino como un recordatorio de que incluso cuando algo se interpone delante de ella, la luz sigue estando ahí.

Y cuando vuelvas a encontrarte preocupado por algo que no puedes controlar, recuerda aquel pequeño sobre de azúcar:

«Si no está en tus manos,

que no esté en tu cabeza.»

GESTIÓN EMOCIONAL 3.0


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