24 de febrero de 2026

Nariz de payaso

 Exponerse es imponerse.


Lo entendí el día que dejé de esconderme detrás de excusas elegantes y sonrisas educadas.
Exponerse no era hablar más alto ni ocupar más espacio.
Era mirarme al espejo sin filtros.
Imponerse a los miedos.

A las cicatrices.
A esas pequeñas miserias que uno guarda en los bolsillos como piedras.

Durante años caminé encorvado, como si el mundo pesara demasiado.
“Ya lo haré”, “no es el momento”, “no estoy listo”…
Mentiras suaves. Cómodas. Peligrosas.

Hasta que un día entendí algo simple:
nadie vendría a rescatar mis sueños.

Y entonces empecé.
Pequeño. Torpe. Inseguro.
Pero empecé.
Porque aún nos queda mucho por hacer.
A todos.

Proyectos que tiemblan en libretas cerradas.
Ilusiones que esperan su turno.
Sueños que bostezan de aburrimiento por no sacarlos a pasear.

Así que decidí esforzarme.
Cada día un paso.
Cada día romper un paradigma.
Cada día hacer algo que ayer me daba miedo.
Y, curiosamente, cuanto más avanzaba… más sonreía.
Descubrí que vivir no era acumular logros,
sino reflejar sonrisas.
Vivir sonrisas.
Fabricar sonrisas.
Sentir sonrisas.
Algunas nacían solas.
Otras había que construirlas a martillazos.

Porque no, no todo es fácil.
Hay días grises.
Días torcidos.
Días que duelen.
Y en esos días… abrí el cajón.
Allí estaba.
Una nariz roja de payaso.
Ridícula. Infantil. Perfecta.
Me la puse frente al espejo…
y me reí de mí mismo.
De mis dramas.
De mi rigidez.
De mi manía de querer hacerlo todo perfecto.
Y entendí que la valentía también sabe jugar.
Que crecer no está reñido con hacer el tonto.
Que sanar a veces empieza con una carcajada.

Desde entonces, cuando la vida aprieta demasiado,
me la coloco.
Respiro.
Y salgo al mundo recordando que exponerse es imponerse…
pero también permitirse fallar, reír y volver a intentarlo.

Así que, si hoy dudas…
si hoy pesa…
si hoy cuesta…
Haz una cosa.

Pon una nariz de payaso en tu vida,
y sigue adelante, que la vida es eso...
Giros y vueltas, caminos intensos.
Que al final del camino si todo va espeso
respira profundo, sacúdete el peso,
sonríele al miedo y escribe unos versos.
No hay nada mejor para un dia perfecto
que un "Gran Capitán" con loncha de queso.


Por José Manuel Párraga Sánchez 

7 de enero de 2026

Fábula: Los Guardianes del Diente de León

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¿Qué pasa cuando un simple soplo despierta el destino?

En esta fábula mágica, cuatro valientes amigos —Fork, Senk, Actik y Radik— emprenden un viaje épico guiados por el viento y un diente de león que guarda secretos. Cada prueba les enseña algo esencial: la fuerza de la unión, la alegría en medio de la tormenta, la esperanza cuando todo parece perdido.

“Los Guardianes del Diente de León” no es solo un cuento para niños: es una historia para leer en familia, para descubrir juntos que la vida está llena de cambios, retos y magia… y que la verdadera fuerza nace cuando caminamos unidos.

Ideal para padres y madres que buscan momentos especiales con sus hijos, esta fábula combina aventura, valores y ternura en cada página. Prepárate para soplar, sonreír y dejar que el viento haga el resto.

 Contiene además una versión para jóvenes dreamers y adultos con ganas de aprender estrategias para cuando el viento les lleve.






21 de noviembre de 2025

El día que el pueblo decidió dejar de pelear por ideas ajenas.

En el país de Las Voces Rotas, la gente vivía en guerra constante.

No una guerra de espadas… sino de palabras. Una guerra absurda, diaria, agotadora.



La del “tú eres de los míos o eres mi enemigo”, como si el mundo fuera un eterno duelo del Oeste, pero sin sombreros pero con pistolas cargadas.

Cada mañana, ciudadanos buenos, trabajadores, gente normal… se levantaban para entrar en una pelea que ni siquiera era suya.

Una pelea diseñada, financiada y alimentada por quienes ganaban mucho cuando la gente perdía la calma.

Mientras tanto, ellos, los de arriba, más tranquilos que el aire acondicionado en invierno.

En las redes, el fuego era diario:

-Familias discutiendo.

-Amigos bloqueándose.

-Vecinos dejando de saludarse porque uno votaba añil y el otro naranja.

Como si la política fuera fútbol… y el país estuviera en un eterno derbi donde siempre se perdía la convivencia.

Lo curioso era que los que más gritaban nunca eran los que tomaban decisiones.

La sociedad se destrozaba entre sí mientras los de arriba se frotaban las manos:

las divisiones daban clics; los clics daban poder; el poder quería todavía más poder.

Hasta que un día, en un barrio cualquiera, un hombre llamado David —el tipo más tranquilo del mundo, aficionado al café y enemigo jurado del drama— publicó un mensaje que nadie esperaba.


“A mí no me paga ningún partido por enfadarme. Y sin embargo, yo sí que pago cada vez que lo hago: con mi salud, mi ánimo y mis relaciones.”

Luego añadió, con su humor sutil pero certero: “Yo discuto por política lo justo: lo que dura un suspiro… y a veces ni eso.”

“Si los políticos quieren pelear, perfecto. Pero que no me apunten a mí, que yo bastante tengo con mi vida.”

El mensaje hizo un ruido distinto, un ruido limpio, como el sonido de una ventana que se abre después de años cerrada.

David siguió escribiendo: “Los políticos tienen derecho a discrepar. Es su trabajo.

Pero los ciudadanos tenemos derecho a vivir en paz, a hablar sin gritar y a pensar diferente sin convertirnos en enemigos.”

Y remató con un toque cómico: “Discuto solo por causas serias. Y que yo sepa, ningún partido me ha prometido un jamón por defenderles y si a alguien si pues ya le tocará a los jueces decidir.”

La publicación explotó.

La gente comenzó a reaccionar porque, en el fondo, todos estaban cansados de la guerra… y nadie lo había dicho tan claro ni tan divertido.

Las respuestas empezaron a llegar:

—“Atacar destruye. Promover inspira. Y lo que inspira es lo que cambia un pais.”

—“Enfadarse gratis por ideas ajenas  es un deporte rancio… pero yo me he retirado.”

—“Si me voy a enfadar, que sea porque se me quemó la tostada, no por lo que vota el vecino.”

—“Los que cobran por discutir que discutan; los ciudadanos mejor construimos compartiendo lo que amamos.”


Ese mismo día, David cerró su mensaje con algo que dejó a muchos pensando:

“Yo ya no voy a gastar mi energía atacando lo que detesto.

Voy a usarla para promover lo que amo.

No voy a insultar lo que no comparto.

Dejaré de seguir leyendo a los de las pistolas cargadas 

Voy a defender lo que creo.  Y sobre todo, voy a tratar de entender lo que otros valoran.

Porque así se construye un país… no rompiendo puentes, sino cruzándolos.”


Y añadió, riendo:

“Yo ya no rompo puentes: como mucho, casco huevos.”

Lo impensable ocurrió.

Gente de ideologías opuestas empezó a compartir la publicación:

unos decían “qué descanso leer esto”;

otros, “ojalá todos pensáramos así”;

y muchos reconocían:

“Promover lo que te gusta es mucho más poderoso que atacar lo que te enfada y lo que te defrauda.”

La política siguió siendo política.

Los debates siguieron siendo debates.

Los de arriba siguieron siendo… de arriba.

Pero abajo, entre la gente real, empezó un cambio de verdad.

-Cambió el tono.

-Cambió el gesto.

-Cambió la energía.


Descubrir que otro pensaba distinto dejó de ser una amenaza…

y volvió a ser lo que siempre debió ser:

una oportunidad para aprender, para dialogar y para convivir.

Porque cuando los ciudadanos deciden que no van a pelear por ideas que otros usan para dividir…

los que quieren dividir pierden.

Cuando dejamos de atacar lo que odiamos

y empezamos a promover lo que amamos,

la sociedad respira.


Y cuando la empatía entra en la conversación…

la confrontación se va por las alcantarillas que es de donde nunca debió salir.


Por Jose Manuel Párraga Sánchez

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