Durante mucho tiempo nos enseñaron una fórmula que parecía incuestionable:
Éxito = Felicidad.
«Cuando consiga ese trabajo, seré feliz».
«Cuando termine este proyecto, seré feliz».
«Cuando tenga más dinero, cuando me jubile, cuando consiga aquello que tanto deseo… entonces seré feliz».
Pero quizá llevamos demasiado tiempo haciendo las cuentas al revés. Como plantea Bruce Lipton, no es necesariamente el éxito el que alimenta la felicidad. Muchas veces es precisamente la felicidad, el bienestar y la forma en que interpretamos nuestra realidad lo que alimenta el éxito.
Shawn Achor, investigador de Harvard, estudió durante años la relación entre felicidad, optimismo y rendimiento y sus conclusiones resultan fascinantes: cuando una persona empieza desde un estado mental más positivo, no solo se siente mejor. También puede mejorar su rendimiento, su capacidad de aprendizaje, su creatividad, sus relaciones y su capacidad para afrontar los problemas.
Es decir, no tenemos que esperar a que la vida vaya bien para sentirnos bien.
Podemos empezar por cambiar la manera de mirar la vida.
Imagina dos personas caminando hacia la misma montaña.
Una piensa: Cuando llegue a la cima, entonces descansaré. Entonces disfrutaré. Entonces sentiré que todo ha merecido la pena. La otra camina observando el paisaje. Se detiene cuando puede. Comparte el camino. Se ríe. Agradece el aire. Ayuda a quien tropieza.
Curiosamente, quizá ambas lleguen a la cima.
Pero solo una habrá disfrutado del viaje.
Y aquí aparece algo todavía más poderoso: las conexiones sociales. Nuestra felicidad no vive únicamente dentro de nuestra cabeza. Somos seres profundamente sociales. Las relaciones significativas, el apoyo, la confianza y sentirnos conectados con otras personas tienen un enorme impacto sobre nuestro bienestar y nuestra capacidad para afrontar los desafíos.
Por eso quizá el éxito no debería medirse solamente por aquello que conseguimos.
Tal vez también deberíamos preguntarnos:
¿En quién me estoy convirtiendo mientras lo consigo?
Porque podemos ganar una fortuna y sentirnos pobres.
Podemos alcanzar una meta y sentirnos vacíos.
Podemos subir hasta lo más alto y descubrir que estamos completamente solos.
Y también puede ocurrir lo contrario.
Podemos tener menos de lo que soñábamos y sentir que tenemos muchísimo.
Podemos atravesar una dificultad y descubrir una fortaleza que desconocíamos.
Podemos envejecer y, sin embargo, conservar una mirada joven sobre la vida.
De hecho, la investigación sobre envejecimiento psicológico sugiere que una actitud más positiva y optimista se relaciona con mejores resultados de salud y funcionamiento a lo largo del tiempo. La edad suma años; nuestra manera de vivirlos puede sumar vida.
Quizá por eso deberíamos dejar de decir:
«Seré feliz cuando consiga…»
Y empezar a decir:
«Voy a aprender a ser feliz mientras camino hacia…»
Porque la felicidad no debería ser la medalla que recibimos al llegar a la meta. Puede ser la energía que nos ayuda a llegar.
Y entonces comprendemos que la fórmula estaba invertida.
No siempre es:
Éxito → felicidad.
Muchas veces puede ser:
Optimismo + vínculos + propósito + bienestar → mayor capacidad para afrontar la vida → mejores posibilidades de éxito.
Así que hoy, antes de perseguir otra meta, quizá deberíamos hacernos una pregunta diferente:
¿Qué puedo hacer hoy para sentirme un poco más vivo?
- Una conversación.
- Un abrazo.
- Una sonrisa.
- Un paseo.
- Un agradecimiento.
- Una mano tendida.
Porque quizá la felicidad no esté esperándonos al final del camino. Quizá lleve todo este tiempo caminando a nuestro lado. Y quizá el verdadero éxito consista, sencillamente, en darnos cuenta antes de llegar a la cima.
José Manuel Párraga Sánchez
Gestión Emocional 3.0
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